Escribe: Emilio Cantú
Durante más de tres décadas, México construyó buena parte de su modelo económico alrededor de una idea muy sencilla: comerciar libremente con el mercado más grande del mundo.
Todo comenzó con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, impulsado durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Con sus aciertos y errores, el acuerdo transformó la economía mexicana. México dejó de ser un país orientado principalmente a producir para su mercado interno y se convirtió en una potencia exportadora. Miles de empresas llegaron al país, millones de empleos se generaron y el comercio con Estados Unidos pasó a convertirse en el principal motor de nuestra economía.
Después vendría el T-MEC, una versión modernizada del tratado que incorporó nuevas reglas para adaptarse a los cambios tecnológicos y comerciales.
Pero el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca volvió a cambiar las reglas del juego.
La política de «America First» parte de una lógica distinta: los acuerdos comerciales ya no son permanentes, sino instrumentos de negociación.
Por eso, la propuesta de revisar el tratado con mucha mayor frecuencia genera incertidumbre.
Quizá el T-MEC no desaparezca.
Quizá continúe vigente durante muchos años.
Pero una revisión constante cambia por completo la forma en que las empresas toman decisiones.
El problema no es únicamente el tratado.
El problema es la incertidumbre.
El nearshoring llegó a México porque las empresas podían planear inversiones de largo plazo con reglas relativamente estables. Una planta automotriz, una fábrica de autopartes o un centro logístico no se construyen pensando en uno o dos años; son inversiones diseñadas para operar durante décadas.
Si las condiciones comerciales pueden modificarse constantemente, el incentivo para invertir disminuye.
Y esa incertidumbre termina costando empleos, inversiones y crecimiento económico.
Desde Washington, la administración Trump también ha expresado públicamente preocupaciones sobre temas como el combate al crimen organizado, el inquilino de la Casa Blanca ha dicho hasta el cansancio que “Mexico esta gobernado por los carteles” y que “La presidenta tiene miedo”. El propio presidente estadounidense ha realizado declaraciones muy duras sobre estos asuntos y ha planteado que la cooperación en seguridad será un elemento central de la relación bilateral.
Con esto el gobierno de estados unidos tomó la decisión de no renovar el temec por una década aproximadamente que es lo que se acostumbraba, sino manejar una revisión anual. Generando con esto un golpe durísimo para el animo de cualquier inversionista que piense en poner una planta en México con la intención de exportar a Estados Unidos. Es lógico todo eso toma tiempo y dinero y si las condiciones pueden cambiar de un año a otro el atractivo desaparece por que la apuesta es muy arriesgada.
Lo cierto es que el gobierno de la 4T no ha hecho lo suficiente para dar seguridad y certeza no solo al presidente Trump, sino a los empresarios que quieran invertir en nuestro país. La tan controversial Reforma Judicial deja más dudas que certezas y no poder confiar en la legitimidad de los impartidores de justicia de un país es un golpe critico para la certeza del mismo.
Así mismo, la solicitud de Trump de que el gobierno entregue al gobernador en licencia Richa Moya así como otros políticos acusados de tener nexos con el crimen organizado no ha sido cumplida, la presidenta ha dado mil pretextos y esto ha generado muchas molestias al gobierno de los Estados unidos.
En este contexto, el trabajo de la diplomacia mexicana se vuelve más importante que nunca.
Marcelo Ebrard ha encabezado buena parte de las negociaciones comerciales con Estados Unidos. Sin embargo, a juzgar por el nivel de incertidumbre que hoy rodea al T-MEC, es válido preguntarse si esta negociación ha fracasado.
Buscar nuevos mercados siempre será una opción.
Diversificar nuestras exportaciones debería ser un objetivo permanente.
Pero pensar que México puede sustituir de un año para otro al mercado estadounidense simplemente no corresponde a la realidad.
Miles de empresas producen específicamente para Estados Unidos. Agricultores, fabricantes, transportistas y exportadores organizan toda su operación con base en ese mercado. Cambiar esa estructura requiere años, inversiones multimillonarias y nuevos acuerdos comerciales.
Por eso, la prioridad debería seguir siendo fortalecer la relación con nuestro principal socio económico.
Al final, la política puede convertirse en un juego de presiones entre gobiernos.
Pero cuando la incertidumbre se instala en la economía, quienes terminan pagando el precio son siempre los mismos: los trabajadores, las familias y los pequeños empresarios que dependen de una economía estable para salir adelante.
El T-MEC ya no es únicamente un tratado comercial, se ha convertido en un rehen, una moneda de cambio y está constantemente amenazado con ser terminado si las relaciones entre ambos países no mejoran.
Es uno de los pilares sobre los que descansa la economía mexicana.
Y cualquier decisión que ponga en duda su estabilidad merece mucho más que un debate político; merece una estrategia de Estado.











